El saber no ocupa lugar

Lo verdaderamente difícil de dar no consiste en compartir lo que se tiene, sino en aceptar que en el acto mismo de dar, algo se pierde.

Existe una forma de entender el saber como acumulación: Algo que se posee, se conserva y finalmente se transmite. En esa lógica, enseñar consistiría en transferir contenidos desde quien sabe hacia quien todavía no sabe. Quien enseña permanece, en el fondo, idéntico a sí mismo después de dar. El saber funciona como un objeto que pasa de una mano a otra sin alterar demasiado a quien lo entrega. Así, quien entrega se reafirma en lo que “ya sabía”, que deja fijado como una verdad absoluta… ¿Un dogma?

Pero existen otras formas de relacionarse con el saber, la transmisión y la verdad… Cuando poner un saber en juego implica aceptar que el propio acto de transmitir modifica lo previo y lo previsto.

Ya no se trata simplemente de reproducir contenidos, sino de sostener un espacio donde algo nuevo pueda aparecer, también para quien creía poseer dicho saber.

Y eso introduce una pérdida.

No una pérdida entendida como empobrecimiento, sino como renuncia a la ilusión de un saber completamente asegurado. Porque cuando un saber se pone verdaderamente en circulación, deja de permanecer intacto. El encuentro con el otro lo desplaza, lo interroga y lo transforma.

Quizá por eso transmitir no consista únicamente en dar algo que se tiene, sino en consentir que algo de lo propio quede afectado en el acto mismo de dar.

En este punto, enseñar se acerca menos a la reproducción de certezas y más a una experiencia de transformación. El saber dogmático pierde su trono y permite que pueda ser verdaderamente cuestionado. La escucha se abre paso por encima de lo que ya se sabía.

Algo de esta lógica resulta fundamental para el psicoanálisis.

El analista no ocupa simplemente el lugar de quien ya sabe lo que ocurre. Su función no consiste en completar al analizante con interpretaciones preparadas de antemano. Más bien se trata de sostener una posición que no obture las ocurrencias y soluciones singulares que buscan abrirse paso. Algo parecido a esos momentos en los que sentimos que, inesperadamente, “dimos en el clavo”.

¿Tendría esto algo que ver con la lógica del amor? Me refiero al hecho de no dar simplemente lo que se tiene, sino arriesgar algo de uno mismo en aquello que se ofrece.

Tal vez por ello, existen enseñanzas que permanecen vivas a pesar del paso del tiempo.

Tal vez por ello, lo que permanece vivo tiene más que ver con una pregunta que con una respuesta.

Publicaciones Similares