Mixed bright yellow and red paints spill against different saturation blue paints on canvas

Los descuidos del autocuidado

Vivimos en una época que insiste en el autocuidado. Dormir mejor, comer mejor, gestionar emociones, regular el estrés, poner límites, organizar el tiempo… El cuidado de uno mismo aparece como una idea casi indiscutible.

Sin embargo, a veces esa idea se transforma en una exigencia silenciosa. Como si el sujeto debiera poder con todo. Como si bastara con proponérselo, ordenarse un poco más, conocerse mejor, controlarse mejor, calmarse más. En definitiva, hacerlo todo “siempre mejor”.

Pero hay algo que no encaja del todo, porque en todo discurso siempre hay algo que se nos escapa.

Un olvido, una palabra dicha por otra, una cita que se pasa, un nombre que no aparece, un mensaje enviado a quien no tocaba. Son pequeños descuidos que, desde una lógica puramente utilitaria, suelen pensarse como errores, fallos de atención o simples accidentes.

Pero esos descuidos pueden tener otro estatuto, y sobre todo, pueden enseñarnos algo.

El lapsus no es solamente un error. Tampoco es necesariamente un síntoma grave. A veces es una vía privilegiada para escuchar algo del sujeto allí donde el control del yo se interrumpe. Allí donde la intención consciente no alcanza a ordenar del todo lo que decimos o lo que hacemos.

Por eso el lapsus tiene valor. No porque siempre “signifique algo oculto” de manera inmediata, sino porque introduce una pregunta. ¿Por qué justamente esa palabra? ¿Por qué ese olvido? ¿Por qué ese error y no otro? ¿Por qué hice eso, si yo no soy así?

Los descuidos no son importantes porque revelen una verdad cerrada, un significado concreto, sino porque muestran una grieta en el discurso del dominio de uno mismo. Ese discurso que parece decir: “Todo depende de que ponga más atención”, “de que me esfuerce más”.

El discurso contemporáneo del autocuidado suele apoyarse en una idea fuerte: que el sujeto puede regularse, conocerse y gobernarse de manera completa. El problema aparece cuando percibimos que algo falla, que no nos sentimos mejor. Puesto en palabras podríamos decir: Cuando el ideal se vuelve mandato: “Sé mejor”.

Entonces cuidarse ya no alivia, sino que pesa. Ya no orienta, sino que exige. Y además castiga: “¿Por qué no me cuido como debería?”. “¿Por qué no hago caso a lo que los expertos recomiendan?”. “Es que no cumplo”.

Introducimos en este punto una cuestión que es decisiva: El sujeto no coincide plenamente consigo mismo. No sabe del todo lo que quiere. No domina del todo lo que dice. No controla del todo lo que hace… ¿Afortunadamente?

No es que intentar cuidarnos no sea bueno. Lo ingenuo es creer que nuestra voluntad todo lo puede. Quizás cuidarse no consista solamente en vigilarse más.

Quizá también consista en poder escuchar aquello que, en un olvido, en un error o en un lapsus, se escapa del control y sin embargo dice algo propio.

Autocuidarse es también escuchar nuestro deseo, allá por donde asome, allí por donde agriete.

Jorge Romero

Publicaciones Similares