Tu historia no es tu pasado

No se trata simplemente de lo que ha pasado, sino de cómo eso ha tomado lugar para cada uno.

Proponemos una idea que a veces resulta incómoda: No existe una relación directa entre un hecho y el sufrimiento que puede seguirle. Un mismo acontecimiento no deja la misma marca en todos. Y subrayar esta cuestión es importante, porque permite no quedar atrapados en la idea de que el sufrimiento está escrito de antemano.

Parece fácil de decir, pero ¿Cuántas veces no nos sentimos presos de nuestra historia? ¿Cuántas veces no creemos que, porque ocurrió algo, nuestro destino ya quedó decidido?

Desde esta perspectiva, respuestas tan extendidas como: “Es normal que te sientas así”, pueden dejar algo importante sin pensar: ¿Normal para quién? ¿Según qué medida?

La pretendida vara de medir de la normalidad, aunque estemos advertidos, se nos cuela por los lugares más insospechados. Aparece como ayuda, pero muchas veces introduce más confusión que orientación.

Porque allí donde se pretende establecer lo normal, también aparece inevitablemente la idea de lo anormal.

¿Llegaré a sentirme alguna vez normal?

Aspirar a entrar en la categoría de lo que podría considerarse normal es como tratar de ajustarnos a un molde que jamás existió. Porque es desde las marcas singulares como se configura el modo de vivir lo que a uno le pasa y la forma de relacionarnos.

Quizás el camino sea reconocer que cada vivencia es íntima y que nuestros sentimientos no bastan para decirnos quiénes somos ni tampoco qué deseamos. Tampoco son suficientes para cerrar una verdad o para tomar decisiones importantes.

Una emoción puede ser verdadera como experiencia, sin que por eso diga toda la verdad sobre lo que ocurre. Sentir algo no basta para saber.

Lo importante quizá sea otro movimiento: Permitir que la singularidad encuentre un lugar allí donde algo quedó sin decir.

No para decirle a nadie cómo debería sentirse, sino para abrir la pregunta por aquello que, en su historia, dio lugar a eso que siente. Porque cuando algo puede ponerse en palabras, también puede empezar a tomar otro lugar en la vida de cada uno.

En este sentido, la palabra puede ser lo que permite que algo que quedó fijado en una emoción empiece a moverse.

Jorge Romero

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